Todo empezó con una botella de agua, una caneca de plástico para sentarme y la certeza de que, en el corredor entre Ambalá y Calambeo, pasaba algo que nadie había documentado todavía.
Esa mañana de mayo salí a explorar. El objetivo era simple: identificar las especies de la zona, mapear los árboles en flor, y entender con claridad qué lugares eran apropiados para colocar trampas de captura. Para eso necesitaba caminar, sentarme, observar. En la caneca llevaba una botella de PET de un litro con agua, un machete, una libreta. Nada más.
A unos dos kilómetros del meliponario —camino abajo, donde la carretera empieza a ganar altura y las guaduas forman túneles— hay una casa con una cerca de guaduas macanas. Los vecinos nos habían dicho que ahí se veían nidos de Angelitas, pero nunca me había detenido con tiempo.
Ese día me detuve.
El hallazgo: un nido abierto a machetazos
La cerca frontal tenía una guadua rota. No partida por el viento: cortada con machete, a la altura de un pecho. Al asomarme, vi el interior. Un nido grande de Tetragonisca angustula, expuesto, maltratado. Alguien había querido sacar la miel —y en el proceso, había rajado la cámara de cría, roto los discos de cera, dejado el panal abierto como una fruta partida.
Lo que vi después me heló.
Dentro del nido, invadiendo lo que era su casa, había:
- Avispas —una, moribunda, con las alas rasgadas por alguna batalla previa.
- Moscas —pequeñas, de las que ponen huevos en materia orgánica en descomposición. Ya habían depositado larvas.
- Abejas Apis mellifera —varias, atacando los potes de miel expuestos.
Pero algo me detuvo antes de dar la vuelta y seguir caminando. Las guardianas Angelitas, a pesar de todo, seguían peleando. Vi cómo cuatro de ellas tenían cercada a una abeja Apis en una esquina del nido, mordiéndole las patas, impidiéndole avanzar. La avispa estaba casi muerta pero el daño ya estaba hecho. Las moscas, esas sí, ya habían encontrado un lugar húmedo y oscuro para dejar su descendencia.
El nido no estaba muerto. Estaba agonizando, pero defendiéndose.
El rescate: una botella de PET, un machete y ninguna certeza
No llevaba caja de trasiego. No llevaba pinzas. No llevaba nada de lo que se supone que hay que llevar para mover un nido de Angelitas.
Lo único que tenía era la botella de PET de un litro. Vacía, porque el agua me la bebí de un solo golpe. Con el machete corté la parte angosta del cuello. Después, con los pedazos de guadua rota que estaban en el suelo y con las mismas hojas del borde del camino, fui desprendiendo con cuidado los fragmentos de nido que todavía estaban adheridos a la caña.
Las abejas no me picaron. Las Angelitas no tienen aguijón, pero sí tienen mandíbula, y las guardianas me mordieron varias veces. Con todo y eso, fui metiendo los pedazos de nido en la botella —los discos de cría rotos, los potes de miel reventados, las abejas vivas que se aferraban a lo que quedaba de su casa.
En ese momento, la exploración se acabó. Caminé dos kilómetros de regreso al meliponario con la botella en la mano, sintiendo adentro el movimiento de las abejas que todavía podían volar.
La intervención: limpiar, trasladar, esperar
En el meliponario siempre tengo cajas de reserva. Las uso para las trampas de captura —cajas AF de madera, con entrada regulable y espacio para discos de cera. Esa tarde preparé una.
Abrí la botella con cuidado. El nido que saqué era un desastre: discos de cría espichados, larvas de mosca visibles entre los restos de cera, pedazos de guadua mezclados con abejas muertas y abejas vivas que no se soltaban de ningún lado.
Procedí así:
- Limpiar las larvas de mosca. Con una pinza fina y una lupa de relojero, fui retirando los huevos y las larvas que habían depositado en los restos húmedos. Si esos huevos eclosionaban dentro de la caja, las moscas matarían las crías.
- Retirar los restos de guadua y basura. La caja AF tiene un fondo plano. El nido en guadua macana es cilíndrico. Tuve que reacomodar los discos que aún estaban enteros —unos cuatro o cinco— sobre una base improvisada de cera virgen.
- Organizar lo que quedaba. Los discos rotos no se podían recuperar, pero los fragmentos grandes los coloqué cerca de la entrada, para que las abejas pudieran rehacerlos. El 80% del área de los cajones del nido original —que en una guadua son un tubo de unos 15 cm de diámetro— quedó ocupado por restos y por espacio vacío.
Terminé la intervención a las 6 de la tarde. Cerré la caja AF, tapé la entrada con una tela de malla fina para que las abejas no salieran hasta el día siguiente, y dejé el nido en la repisa del taller, a temperatura ambiente.
Después, solo quedaba esperar.
Dos semanas después: vivitas y coleando
No revisé la caja durante 48 horas. Cuando destapé la entrada parcialmente —solo unos centímetros— vi que salían pecoreadoras. Con carga de polen. Con vuelo recto. Ese fue el primer respiro.
Al quinto día, la entrada ya estaba sellada con propóleos —no el blanco-amarillo de las colmenas sanas, sino un propóleos oscuro, casi negro, como cuando las abejas están estresadas y usan resinas más agresivas. La población visible era baja: no más de 80 a 100 abejas pecoreando por hora en el punto de máxima actividad de la mañana. En una colmena de Angelita sana, ese número debería estar entre 300 y 500.
Pero estaban vivas. Y trabajando.
Hoy, a dos semanas del rescate, la entrada sigue siendo pequeñita. Oscura. Los vuelos de fecundación —esos vuelos nerviosos que dan las reinas vírgenes para aparearse— no se han visto. Eso puede significar dos cosas: que la reina original sobrevivió al machete, o que una de las abejas jóvenes ya está tomando su lugar. No lo sabemos todavía.
Lo que sí sabemos es que salen pecoreadoras. Entran con polen. El nido está limpio —no hay más larvas de mosca, no hay avispas. Algo en el interior está funcionando.
Lo que viene: heroínas o aprendizaje
No sabemos si esta colonia va a prosperar. La población está baja. El propóleos oscuro sugiere estrés prolongado. El nido ocupaba más del 80% del espacio de la caja AF —eso significa que, si logran recuperarse, van a necesitar un traslado a una caja más grande en unas semanas.
Pero hay algo que sí sabemos: las guardianas que vi peleando contra la abeja Apis, con el nido abierto y las avispas entrando, esas abejas no se rindieron. Defendieron lo que quedaba. Y cuando les dimos una caja limpia, sin basura, sin moscas, sin invasoras, ellas se pusieron a trabajar.
Esa es la razón por la que este meliponario existe. No solo para cosechar miel. También para ser el lugar al que llegan los nidos que nadie más va a rescatar.
En las próximas semanas vamos a monitorear cada 15 días:
- ¿Aumenta la población de pecoreadoras?
- ¿El propóleos se aclara?
- ¿Aparecen vuelos de fecundación?
- ¿La reina está poniendo huevos visibles?
Si todo sale bien, esta será la historia de cómo un nido partido a machetazos se convirtió en la colmena #5 del meliponario de Ambalá. Si no sale bien, será la historia de cómo intentamos y aprendimos algo nuevo.
De cualquier manera, estas abejas ya son heroínas. Solo por haber durado dos semanas más de lo que cualquier humano habría durado en su lugar.
Descripción de imágenes para el editor
- Foto de apertura: la botella de PET cortada, apoyada sobre una superficie de madera, con restos de cera y propóleos en sus paredes. Al lado, la caja AF cerrada. Pie de foto: “Una botella de un litro, un machete y dos kilómetros a pie. Así llegó este nido al meliponario.”
- Foto de proceso: toma de la guadua rota en la cerca del corredor Ambalá, mostrando el hueco vacío donde estaba el nido. Se ven los bordes cortados con machete. Pie de foto: “Alguien quería la miel. Rompió la guadua, expuso el nido, y dejó las abejas a merced de avispas, moscas y Apis.”
- Foto de detalle: primer plano de la entrada de la caja AF a las dos semanas del rescate. El propóleos oscuro, casi negro, contrasta con la madera clara de la caja. Se ven una o dos abejas entrando. Pie de foto: “El propóleos oscuro es el color del estrés. Pero es también el color de la defensa.”
- Foto de cierre: una mano con libreta abierta, anotando a lápiz: “Colmena #8, rescate 18 mayo, población baja, entrada oscura, pecoreadoras activas”. Pie de foto: “No sabemos si van a prosperar. Pero sabemos que hoy, dos semanas después, siguen peleando.”
CTA: Si alguna vez encuentras un nido vandalizado y no sabes qué hacer, escríbenos al WhatsApp. A veces la única herramienta que necesitas es una botella vacía y las ganas de no dejar morir lo que todavía puede vivir. — Camilo A., Meliponario Iwagé · Corredor Ambalá.